Hoooola!!
Como os adelantaba en la Entrada Anterior, hoy vengo a contaros algo muy mío: esas COSAS QUE HE HECHO DESDE SIEMPRE, aunque haya miradas, comentarios o cejas levantadas alrededor.
Porque sí, para algunas cosas siempre he sido muy yo. Y creo que la gente que me conoce lo sabe: no voy a cambiar mi forma de ser por lo que piensen u opinen los demás. Bastante trabajo da ser una misma como para encima ir adaptándome al gusto del público.
Pero bueno… al lío, que me enrollo como las persianas.
- Cantar y bailar, aunque se me da fatal: L@s de mi círculo ya están curad@s de espanto con mis pasos prohibidos y mis berridos a destiempo. Cuando coinciden ambas cosas, el espectáculo está servido. Me tienen que querer muchísimo, porque lo mío no es talento… es entusiasmo.
- Comer chuches: Cada vez que saco una bolsa de chuches alguien me mira con ese “¿a tu edad?”. Pues sí. Tengo 36 años y voy feliz por la calle con mis gominolas. Disfrutona, pegajosa y sin complejos. La vida ya es bastante seria como para renunciar a unas chuches.
- Ver películas “para niños” sin necesitar un niño de excusa: Me encantan las pelis de dibujos. Y no, no necesito llevar a un sobrino, ni inventarme que “es que la estaban echando en la tv”. Si quiero ver una de animación, la veo. Con manta, palomitas y emoción incluida. Porque algunas películas “para niños” tienen más mensaje y más verdad que muchas supuestamente “para adultos”.
- Apuntarlo absolutamente TODO: Como tengo memoria selectiva para ciertas cosas, lo anoto todo: cumpleaños, médicos, cuándo viene el del gas o cuánto mide la puerta del baño. Mis amigas ya lo saben y por eso en Reyes nunca me faltan cuadernillos en blanco. Soy feliz con una libreta nueva. Hay quien colecciona bolsos; yo, anotaciones.
- Hablar con mi perro (en privado y en público): Mi perro es parte de mi familia. Le hablo, le explico cosas y le pregunto su opinión aunque no conteste. Y no, no me da vergüenza. Si alguien se incomoda porque le diga “cariño, ahora volvemos”, el problema no es mío.
- No tener vergüenza, ni conocerla: si me tengo que poner a bailar en mitad de la calle por una apuesta, lo hago. Aunque se me ponga la cara colorada. El bochorno dura 5 minutos; la anécdota, toda la vida.
- Comer sin ser “comedidamente femenina”: A poco que hayáis leído el blog, sabéis que me ENCANTA comer. Disfruto comiendo. No soy de las que piden ensalada para guardar las apariencias ni dejo medio plato por postureo. Si algo me gusta, repito. Y si hay que rebañar el plato, se rebaña.
- No puedo disimular cuando algo me molesta: Mi cara lo dice todo. No intento ocultarlo, ni poner buena cara si algo no me gusta. Si algo me incomoda o me saca de quicio, mi cara es un libro abierto: se me refleja al instante. A veces mis amig@s me miran y se ríen mientras dicen “¡Si es que se le ve en la cara!” Pues… ¡es cierto!
- No saber disimular, en general: la típica situación con tu amiga que te dice "tía, mira quién viene por ahí, pero disimula", pues yo automáticamente giro la cabeza como un búho poseído hasta el punto de que casi me cruje el cuello... Definitivamente, no nací para el espionaje...
- Expresarme sin censura y defender mis ideas aunque no sean populares: si creo en algo lo defiendo a muerte. Aunque en la mesa se haga un silencio incómodo y alguien carraspee. No lo hago para llevar la contraria, sino porque de verdad lo pienso. Sé perfectamente con quién puedo hacerlo y con quién no y en terreno seguro voy a saco: sin filtros, sin máscaras y sin vocabularios políticamente correctos, porque sé que no me juzgarán.
- Ser yo sin filtros: Voy de frente. No sé poner una cara contigo y otra diferente con otra persona. Me parece agotador, artificial y, sinceramente, innecesario. Además, no tengo memoria suficiente para sostener un personaje. Así que soy la misma siempre. Bastante más práctico.
Al final, todas estas pequeñas manías y costumbres que me hacen ser yo, imperfecta y disfrutona, me han enseñado algo muy claro: que ser auténtica no es un defecto, es una suerte. Y no, no lo hago para provocar, ni para llamar la atención. Lo hago porque soy así. Porque me sale así.
Con los años he aprendido que dejar de preocuparte por encajar, te hace vivir más cómoda, más ligera y, curiosamente, más en paz. Vivir pendiente de “lo que toca” o de lo que otros esperan de mí, me parece agotador y poco rentable a nivel de felicidad.
Las miradas vienen y van y pesan mucho menos de lo que creemos; las opiniones cambian (y es estupendo, si no, menudo aburrimiento…). Pero tú te quedas. Y si tienes que quedarte contigo misma, mejor hacerlo siendo auténtica, disfrutona, imperfecta y sin pedir perdón por cosas que no hacen ningún daño a nadie.
Cuando dejas de disimular, todo fluye mejor. Así que, sí: seguiré cantando fatal pero a grito pelao, bailaré según lo que me pida el cuerpo en ese momento, aunque sea arrítmico total, hablaré con mi perro, comeré con ganas, seré la peor espía de la historia, defenderé mis ideales y seguiré siendo yo misma con todo el mundo.
Porque cambiar para encajar hace muchísimos años que no me ha compensado. Porque cambiar para gustar cansa. Y yo, sinceramente, ya no estoy para cansarme más de la cuenta Además, vivir siendo fiel a un@ mism@… es muchísimo más divertido.
Y vosotr@s, decidme… ¿Qué hacéis desde siempre, aunque os miren?
Os leooo!!!
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